jueves, 27 de agosto de 2015

Mentir con clase. Mentir con sinceridad

Muchos creemos que el momento cumbre de la carrera de Ella Fitzgerald (estoy muy repetitivo con ella) fue en los últimos años cincuenta y primeros sesenta. Y ese gran momento se concreta en dos formidables conciertos que dio en Europa y que afortunadamente fueron grabados: El magistral de Roma el día en que cumplió 41 años, 25 de abril de 1958, y el también estupendo de Berlín, dos años después, el 13 de febrero de 1960.
Del primero ya hablamos. Para mí, y para muchos, es el mejor. Del segundo, que no desmerece en nada del otro y que sigue en la misma línea de plenitud, voy a contar ahora apenas una anécdota muy interesante.


Una cantante que se enfrenta a un concierto en el que va a cantar un montón de canciones tiene siempre el temor de olvidarse de la letra de alguna de ellas, por muy conocida que sea y por muchas veces que la haya cantado. La memoria juega esas malas pasadas. A todos los cantantes les ha pasado alguna vez. Se pasa muy mal.
Se pasa muy mal a no ser que seas Ella Fitzgerald.


Ya lo advierte antes de empezar la canción: "Espero acordarme de todas las palabras". Ya ve que no se acuerda bien de la letra.
Empieza muy bien. Se acuerda de todo, matiza muy bien... En fin, todo perfecto. Pero al terminar el primer tercio de la canción, plaf, se queda en blanco. Se le olvidó la letra.
Y a partir de ese momento surge la maravilla.
En 1:37 ya no sabe lo que sigue, acaba esa estrofa repitiendo could it be, could it be, could it be. Mack the Knife. Y ya de la siguiente ni idea, y canta, siguiendo el ritmo y la métrica perfectamente: "¿Cómo era la siguiente estrofa de esta canción, ahora? ¿esta de ahora? No lo sé". Y sigue cantando con un desparpajo arrebatador, citando a Louis Armstrong e imitándole, y a otros grandes cantantes, y haciendo scat, y jugando y gamberreando, paseando por la canción sin la atadura que supone la letra, y de paso haciendo con la música lo que quiere.
Si en 1:37 se da cuenta de que se le ha olvidado lo que sigue, podría haber hecho una seña a sus músicos y haber terminado con una "aseada faena de aliño" hasta 1:50 o hasta 2:00. Y ya está. Apañado. Pero no. No quiere terminar. Sigue cantando, y con gran placer, hasta 4:30. Porque sí, porque le da la gana. Porque es una maravillosa mentirosa y se inventa lo que haga falta, y lo disfruta.
La letra de una canción es una ficción, una mentira. Y Ella al olvidar la letra miente aún mejor, porque esta vez miente con sinceridad.
Tan fantástico es lo que hace que queda como un estándar en sí mismo, y desde entonces Frank Sinatra ya canta esa canción con el mismo recurso, citando a Louis Armstrong y, por supuesto, a Ella Fitzgerald, saludando a sus músicos y no contando al final la historia que narra la canción, sino la propia historia del hecho de cantar esa canción: La verdad de esa mentira.


martes, 18 de agosto de 2015

Tiempo de verano

Como estamos en verano, y se supone que deberíamos estar todos más relajados, y como creo que llevo unas semanas pasándome un poco de intensito (dameros malditos y demás), creo que debo relajarme un poco y pediros que os relajéis también vosotros.
Hace tiempo que no pongo música y creo que precisamente ahora, en verano, estaría bien...
-¿Vas a poner jazz?
-Sí.
-¡Y dices que para relajarnos! ¡La leche! ¡Casi prefiero lo de moderno-postmoderno-ultramoderno! ¡Jazz! ¡Qué horror!
-Que no. Que es jazz suave. Facilito.
-Mátame, camión. Me piro.
Por favor, quedaos. Quiero hablaros de un standard de jazz, una pieza que ha tocado y cantado todo el mundo. Un clásico. (Hasta mi banda la tocaba, y muy bien. Pero no: no tengo ninguna grabación de ninguna actuación nuestra).

Se trata de Summertime (Tiempo de verano), una nana que forma parte de la ópera Porgy and Bess, de George Gershwin, con letra de DuBose Heyward.
Esta canción, que Clara le canta a su bebé mientras lo acuna:

Tiempo de verano, y la vida es fácil.
Los peces están saltando y el algodón está alto.
Oh, tu papá es rico y tu mamá es guapa.
Así que calla, pequeño. No llores.

Una de estas mañanas te levantarás cantando,
abrirás tus alas y tomarás el cielo.
Pero esta mañana nadie te va a hacer daño,
con papá y mamá a tu lado.

tuvo inmediatamente un gran éxito, y pasó a ser un standard que todo el mundo cantó o tocó, desvinculado ya de la ópera a la que pertenece.

Tengo muchísimas versiones para elegir, pero os pongo la que tal vez sea la más famosa, interpretada por Ella Fitzgerald y Louis Armstrong, porque os quiero comentar un par de cosas.


La primera es que esta canción, como ya he dicho, no es un dúo, sino un aria. Es una mujer quien le canta a su niño. ¿Qué pintan dos cantantes turnándose para cantarla? A mí me suelen parecer un poco ridículos esos duetos en los que uno canta una estrofa, el otro otra y luego los dos el estribillo. Me parecen un poco envarados y acartonados. Muy manidos.
Pero desde luego hay tres adjetivos que no se les pueden aplicar ni a Louis Armstrong ni a Ella Fitzgerald: envarados, acartonados y manidos.
¿Qué hacen? Pues, como habéis oído, tras una introducción canónica de la orquesta, Louis presenta el tema con la trompeta con gran corrección y Ella canta la primera estrofa aplicadamente. Ambos cumplen los cánones.
Después viene la estrofa de Louis (2:36), que, salvo la disparatada pretensión de hacernos creer que esa maravillosa voz de cántaro desportillado es la de una tierna mamá que le canta a su hijito, también lo hace según lo escrito y prescrito. Hasta ahora la orquesta no tiene el menor problema y acompaña según lo esperado. Está saliendo todo muy bien y muy limpito.
(Aunque todo vaya según lo consabido, no quiero decir que cada articulación, cada entonación, cada trino, no sea una muestra magistral del talento humano. Baste escuchar el "eeehhh" de 3:18, que vale por todos mis campos de algodón).
Bueno, pues hemos llegado a 3:30. Ya está. La canción ha sido cantada perfectamente y ya no hay nada más que demostrar. Ya no se puede hacer mejor.
Sin embargo, queda un minuto y medio en el que sólo puede ocurrir el milagro.
Turno de Ella.
Ella vuelve a tomar la estrofa, y ya en la segunda sílaba lo rompe todo: 3:43. SuMERtime Ese "MER" sube en vez de bajar desde "Su". Escuchadlo otra vez: SuMERtime. A partir de ahí ya sólo puede ocurrir lo imprevisto. Naturalmente, antes de que termine la palabra, antes de que termine de pronunciar la sílaba "time", antes de dos segundos (3:45) ya está Louis: diet-ti-de-bos-a-susss (o lo que le dé la gana). Ya la han liado.
A partir de ahí escuchamos las prodigiosas "armonías desarmonizadas" de Ella Fitzgerald y los maravidiribidillósibos bisbiseiticíditos de Louis. Qué bestias. Qué dos pedazos de animales.
¿Se puede tener una mejor demostración de lo que es el puro canto, la pura musicalidad? Qué delicia. Qué bendición.
Un encargo que, como digo, suele ser bastante antipático -cantar un dueto-, es convertido por estos dos grandísimos artistas en una fiesta.

lunes, 10 de agosto de 2015

Qué me gusta, qué sé hacer y para qué sirvo

Desde niños nuestros padres nos van haciendo a la idea de que algún día nos tendremos que ganar la vida. Así es la cosa, y ese "ganarse la vida" supone la suelta de amarras del protector núcleo familiar y el comienzo de nuestra propia aventura.
Es ley de vida. Así está pensado el sistema. Y nos hacemos las duras preguntas: "¿Qué me gusta?" "¿Qué sé hacer o qué puedo aprender a hacer?" "¿Para qué puedo servir yo?"
Es obligatorio servir para algo, poder aportar un granito de arena a la sociedad, ya sea extirpando tumores ya poniendo sellos a unos impresos y luego colocándolos en el montón correcto (o en otro cualquiera).
Hay una edad en la que todos nos hacemos esas preguntas, y esbozamos un vago proyecto de vida, pero la maldita crisis en la que vivimos nos ha obligado a volvérnoslas a hacer de nuevo, porque si habíamos encontrado un sitio en la vida, una ocupación, un refugio, un puesto, lo hemos perdido y nos volvemos a ver adolescentes a nuestros cincuenta y tantos años.

Me siento completamente identificado con esto que dice el gran humorista Ernesto Sevilla: (Siempre me he sentido identificado con esta idea, incluso antes de que él naciera. Recuerdo que de niño me planteaba cosas parecidas).

Mi padre me decía: "Hombre, tienes que trabajar en algo que te guste. ¿Qué te gusta?, ¿qué te gusta?"
Digo: "Pues a mí lo que más me gusta es: Yo pongo el dedo así, cierro un ojo, cierro el otro, cierro un ojo, cierro el otro... ¡y parece que se mueve solo!

Ernesto Sevilla
(El monólogo lo tenéis aquí)

¡Exacto! ¡Eso me gusta a mí también! ¡Y creo que sirvo para ello! ¿Por qué no puedo ganarme la vida con algo así?
Llevo unos años en los que cada trabajo que hago es algo aislado, algo que no he hecho en mi vida, que no sé hacer y que no me gusta hacer. Me paso el tiempo debutando en cosas que no entiendo y que no me gustan.
¿Qué me gusta?
Me gusta mucho escribir, leer, contar chistes, hablar, comer, reírme con los amigos, dibujar... Pero no hago nada de eso lo suficientemente bien (o con la suficiente originalidad, o garra) como para "ganarme la vida" con ello. Así que hasta ahora me he ganado la vida siendo arquitecto, que es la profesión que más me gusta de entre las que se supone que le permiten a uno "ganarse la vida". Empecé de arquitecto cuando todavía era así: Una profesión digna, en la que había bastante trabajo y bastante bien  pagado. He hecho alguna obra interesante, pero la mayoría son bastante ramplonas y triviales. No obstante, incluso en la casa más tonta que he hecho me ha gustado mucho calcular la estructura, dibujar las puertas abriéndose hacia el lado en que menos molestaran (luego los clientes las han puesto como les ha dado la gana), aprovechar un rincón para sacar por ahí el tiro de la chimenea... No soy un artista de la arquitectura, pero sí me considero un profesional competente, y un profesional disfruta haciendo lo que sabe hacer.

Preferiría ganarme la vida como Ernesto Sevilla, pero ganármela dibujando ventanas que no estorben a los cabeceros de las camas tampoco está mal.

Ahora, en cambio, hago algún informe sobre algún asunto del que no sé demasiado, y aparte de tener que emplear mucho tiempo en documentarme y en aprender, no sé si el resultado es correcto. También hago memorias justificativas para aperturas de comercios, donde repaso de forma muy pesada y aburrida la infumable normativa que le corresponde a cada actividad y a cada local. E incluso las pocas veces que hago un proyecto de una casa su diseño pesa ya mucho menos que el áspero e inútil tocho en que justifico que cumplo una normativa excesiva y absurda que en parte se contradice a sí misma.
El otro día un abogado me restregó por las narices que no me supiera de memoria la Ley Hipotecaria. Me hizo sentir bastante mal. Él no sabe calcular un porcentaje (y no digamos una fracción) y yo me tengo que saber la Ley Hipotecaria. Pues no: No me la sé. Que así conste para mi eterno oprobio. Es más: Creo que nunca me la sabré. En mis ratos de ocio preferiría estudiar algún tratado sobre la reproducción asistida del caracol de Borneo. No sé, lo veo más interesante.

jueves, 6 de agosto de 2015

El damero maldito

Me gustan los pasatiempos dominicales del periódico; especialmente el Damero Maldito.
Supongo que lo conocéis, pero de todas formas os lo explico:

Damero Maldito de EL PAÍS, domingo 2 de agosto de 2015

Hay un texto literario en blanco, que tendremos que completar, y debajo se nos dan las definiciones de unas cuantas palabras que tenemos que averiguar. De las pocas que sacamos a la primera trasladamos las letras al texto de arriba. Cada letra tiene un número que le permite viajar de la lista de definiciones al texto y viceversa.
Si supiéramos todas las palabras a la primera a partir de sus definiciones el juego no tendría gracia. Trasladaríamos mecánica y rutinariamente las letras al texto de arriba y ya está. Pero no es así. La cosa es difícil, y tenemos que hacer muchas idas y venidas.
Averiguamos muy pocas palabras, ya digo, y trasladamos sus letras al texto. Este queda muy despoblado, con una letra por ahí y otra por allá. Por puro instinto completamos alguna palabra de ese texto, o suponemos alguna terminación, y probamos esas letras en las palabras de abajo, a ver si ahora las averiguamos.
Hay una pista complementaria: Las primeras letras de cada palabra de las del grupo de abajo forman en acróstico el nombre del autor y el título de la obra.
Es un poco laborioso, pero a mí me entretiene mucho.
(Sí; ya sé que diréis que vaya una vida de mierda que tengo, que empleo las mañanas de los domingos en estas cosas en vez de en vivir. Pero eso es otra cuestión que prefiero soslayar).

¿Por qué traigo este juego aquí? Pues porque a las letras les ocurre una cosa curiosa que me llama mucho la atención: Por ejemplo, vamos a ver una T. Concretamente la que ocupa la casilla 88 y pertenecece a la definición G.
Cada definición tiene una letra identificativa empezando por la A y siguiendo por orden alfabético. La G dice: "Sepulcro levantado de la tierra". Confieso que a la primera no lo he sabido.
Posteriormente, según iba acertando otras palabras y completando el texto, tenía EX---A, que he pensado que podría ser EXACTA o EXALTA. En cualquier caso la penúltima letra podría ser una T, y la he probado en la definición G. En algún momento he caído en que ese sepulcro levantado podría ser un TÚMULO. He vuelto a probar llevándome sus letras al texto.
Etcétera. Tanteando muchas veces (podéis ver las enmiendas en la imagen), poco a poco la cosa ha ido tomando forma.

Bueno; a lo que voy: La misma T pertenece a "TÚMULO" y a "EXALTA". Para más desconcierto (y más pistas) también pertenece en vertical al apellido del autor del texto; "MATEOS".

Pero siempre es la misma T. La 88-G. Qué curioso.

viernes, 31 de julio de 2015

Sexo y kitsch

En una entrada reciente decía que había que atacar el afán simbolista en la arquitectura, y que había que clamar siempre contra la arquitectura que simboliza cosas. Y relacionando esta idea con el kitsch y con el espíritu romántico, apunté brevemente que "el kitsch es romántico, y el romanticismo es una actitud reaccionaria ante el sexo. El romanticismo necesita una muy buena excusa para acceder al sexo, y esta arquitectura kitsch necesita una muy buena excusa para apelar a los sentimientos y al honor de un pueblo. Pero en ambos casos son excusas simbolistas, falsas, postizas, manipuladoras".

Llámalo amor y romanticismo, pero ya sabemos lo que quieres decir

Como no me puedo callar la bocota, prometí desarrollar esa insinuación en una posterior entrada. Bueno, pues a ver cómo cumplo mi promesa y cómo, ligando sexo y kitsch, puedo hablar de arquitectura simbólica.
(En menudos líos me meto. Menos mal que mi asesor personal, Jesús Julián Federico Alfonso Vélez de la Revuelta y Díaz de Montenegro Santafé -Chusi-, me dice que poniendo la palabra sexo en el título voy a batir records. Pues sea por ello. Me meto en el charco).

En su imprescindible y curioso libro Kitsch, Vanguardia y el Arte por el Arte (1), Hermann Broch dice que en el origen del romanticismo está "el origen, por un lado, de la exaltación de quien, desdoblando todas las energías espirituales, incluidas las artísticas, intenta elevar a una esfera absoluta o pseudoabsoluta el mezquino acaecer cotidiano de la vida terrenal y, por otro, del terror de quien intuye el peligro de una empresa de este tipo. De hecho, de dicha exaltación y de dicho terror deriva esa particular incertidumbre del alma romántica que, trémula y vacilante, quisiera volver atrás, quisiera correr hasta el seno de la Iglesia para refugiarse nuevamente en su certidumbre sobre el absoluto".


Vamos, que el romántico quiere exaltarse por cualquier chorrada o, mejor dicho, quiere que todo lo que le pasa sea sublime. Sólo quiere vivir en una exaltación continua, en una excitación permanente. Pero se da cuenta de que por ese camino acaba sacralizando todos sus instintos y todas sus circunstancias, y se asusta. No quiere ser un "pagano naturista" o algo así. Se siente culpable. Es puritano, y le da vergüenza descubrir tanta intensidad en sus sentimientos, tanta sensualidad.
"Toda ascesis, toda represión del placer tiene un centro de gravedad sexual. Es cierto que el puritanismo no imponía una castidad monástica, sino una rigurosa monogamia. Precisamente, lo que había que confirmar y reforzar era la monogamia; tanto más cuanto que, de esta manera, se podía impregnar el corazón de libertinage. El amor monógamo quedaría a salvo, si se lo intensificaba hasta la exaltación que en otro tiempo había sido rigurosamente prohibida por la ascesis".
El monógamo envidia al libertino, y para vencerle resuelve que lo suyo es mucho más puro y mucho mejor. Está seguro de su superioridad ética y moral sobre el libertino, pero pierde pie cuando considera que el libertino se divierte y disfruta más que él, y dedica todas sus energías a corregir esa sensación, de manera que decide que su monogamia es mucho más intensa, sublime, estupenda, completa, etc.
"La nueva época, es decir, la época de la burguesía, aprueba la monogamia, pero al mismo tiempo quiere gozar de todos los placeres del libertinage, de forma todavía más concentrada, si ello fuera posible. Por ello, no se contenta con elevar hasta las estrellas el acto sexual monógamo; obliga a las estrellas, junto con las demás cosas eternas, a descender a la tierra para ocuparse de la vida sexual de los hombres y permitirles alcanzar mayor intensidad de placer. El medio para alcanzar dicho resultado es la fantasía reforzada con la exaltación".
El "enamoramiento romántico" es algo sublime, y tan fuerte que obliga al propio Dios a ser su testigo y su cómplice. Hay una falta absoluta de medida, de proporción y de límite. Nada es suficiente para exaltar tanto amor. Toda la historia de la humanidad, todos los milenios transcurridos hasta ahora sólo han tenido como objetivo que yo me enamorara de esa mujer. Mi amor convoca a todas las fuerzas cósmicas y las conjura.
Puestas así las cosas, ¿habrá alguna tarjeta postal capaz de expresar lo que siento? ¿Habrá algún perfume, algún regalo, algún dulce, algún adorno digno de este amor? No. Imposible. Nada es suficiente. Nada es demasiado. Necesito más, más y más.




¿Hace falta seguir? No; ¿para qué?
En esta misma línea leemos las letras de algunos boleros: "Sabrá Dios si tú me quieres o me engañas"; "Amor, amor, amor, nació de Dios para los dos; nació del alma"; "Mujer, si puedes tú con Dios hablar pregúntale si yo alguna vez te he dejado de adorar"; "Ahorita estaremos juntos, unidos por siempre en nombre de Dios"; "Qué tendrán tus ojos que cuando ellos miran me acercan a Dios". Y muchos más. (Se ve que Dios no tiene mejor cosa que hacer que andar de carabina, o estar ahí plantificado para hacer de testigo, o algo así).
Resumiendo lo dicho por Broch, el libertino emite y reparte material genético a plena satisfacción, sin complicarse la vida ni pensárselo dos veces, mientras que el romántico, muchísimo más limitado en cuanto al reparto, necesita convencerse de que lo suyo es mucho más valioso, e incluso más placentero. Y no repara en exagerar.
Según Broch, esta es una de las características fundamentales del kitsch.

domingo, 26 de julio de 2015

Los pianos de Casablanca

Seguro que todos conocéis la escena del piano de Casablanca (en la que Ingrid Bergman NO dice: "Tócala otra vez, Sam").


Dooley Wilson hace la interpretación de su vida cantando y tocando al piano sólo un trocito de As Times Goes By. Suficiente para que ya todos reconozcamos la canción para siempre.
Un buen tema para dedicarle no una, sino una docena de entradas.

Pero esta no. Esta va de otra cosa.
El gran arquitecto Luis Gutiérrez Soto hizo de todo, y entre ello varios cabarets o salas de fiesta. 
En 1933 (nueve años antes que la película) proyectó la Sala de Baile Casablanca, que fue muy popular en el Madrid de la época y que hoy ha desaparecido, como tantas obras.


Nos resulta curioso que en aquel momento aún no se olieran los fétidos vapores de la inminente guerra civil, y los madrileños vivieran la noche con alegría y optimismo.
Estos dancings nos llevan a una época de alegría, de sofisticación, de alcohol, jazz y cosmopolitismo, y también nos transportan a una suerte de agujero negro o de escondite de avestruz. No hay más que ver fotografías del Madrid de ese tiempo de unas cuantas manzanas más allá, o de esa misma zona por la mañana (cómo cambia el mundo por la noche). Las fotos de los niños llenos de mocos, de las mulas con cántaros de agua, de los hombres con boina y navaja y la cara renegrida y áspera como una lija son de ahí mismo, pero pertenecen a otro universo.
Pero, como digo, los dancings eran otra cosa: una vida feliz y llena de promesas. Fijaos en el delicioso grafismo de los planos y en la maestría del diseño, que se apoya en la simetría para contradecirla cuando lo necesita, reforzándola al mismo tiempo. Una obra menor, una obra hecha de un tirón, sin despeinarse, pero llena de sabiduría. Qué rincones, qué esquinas, qué escaleras. Un máster en diseño arquitectónico concentrado en unas líneas.
Planta baja

Planta alta

¿Qué os parecen? Fantásticos, ¿verdad? Como todo lo que hacía Don Luis. Demuestran un oficio pasmoso. Si los clicáis podéis verlos más grandes y apreciar mejor sus detalles.
¿Pero os habéis dado cuenta de un detallito?


La orquesta, formada por gajos que se pueden elevar independientemente y así alojar tanto a una Big Band como a un pequeño grupo, está escoltada delante por ¡dos pianos! ¡Qué lujo! ¡Qué derroche! ¡Qué barbaridad!
Ya. Lo curioso es que un piano tiene la escala creciente y el otro decreciente. Vamos, que uno va a derechas y el otro a izquierdas. Y eso no es posible. La cola de los pianos es más larga por la izquierda y más corta por la derecha. Uno de ellos está mal.
Las guitarras se pueden acordar al derecho y al revés, para diestros y zurdos (aunque un guitarrista me dijo una vez que hay guitarras para zurdos, ya que la simetría no es perfecta y a un zurdo no le viene del todo bien colocar las cuerdas al revés en una guitarra para diestros). Pero los saxofones, por ejemplo, sólo son de una forma, porque la digitación es tan sencilla que se pueden tocar con dos manos izquierdas. Los pianos también tienen una sola forma, pero por el motivo contrario: Su digitación es tan difícil que hay que tener dos manos derechas, diez dedos sabios. Vamos, que sí que hay pianistas zurdos haciendo otras cosas, pero tocando el piano no.




Si miramos las fotos de la sala ya en uso (podéis clicarlas para verlas más grandes) vemos que sí que se colocaron dos pianos, pero "normales", o "reales".

lunes, 20 de julio de 2015

La verdadera democracia

Este edificio es la sede de la Asamblea de Murcia, la expresión más pura y respetable de la democracia que se encarna en una región española.


De la Constitución Española de 1978, cristalizadora de nuestra democracia y marco de nuestra convivencia no sólo pacífica sino creativa y constructiva de un progreso innegable, surgieron las comunidades autónomas, que se establecen a su vez como democracias regidas por sus respectivos parlamentos y gobiernos.
La sede de la asamblea de una comunidad autónoma es, por lo tanto, el palacio del pueblo, el espacio arquitectónico que aloja las ansias y las aspiraciones de una sociedad. Es el lugar de las ideas, las palabras, las leyes que se imponen los ciudadanos a sí mismos para convivir y para prosperar.


Arquitectónicamente hablando, diseñar esa sede es un ejercicio fascinante.