viernes, 17 de mayo de 2013

El exterminio de la cabra

-Señores: la economía de nuestro país amenaza ruina, es ya un viejo fenómeno ante el cual sólo nos queda buscarle una solución y dejar ya de lamentarlo. Voy a ser breve y voy a deciros, tan rápidamente como pueda, la medida, la única medida, para lo que creo debemos solicitar del poder público su rápida implantación: España es un país, amigos míos, en el que, sin demora alguna, se debe ir al rápido exterminio de la cabra. Creo que es necesario que todas las cabras mueran para que nosotros podamos seguir viviendo.
Camilo José Cela
"¡Ah, las cabras!"
El Gallego y su cuadrilla

Llevo unos cuantos años buscando números de la revista Nueva Forma, y tengo que reconocer avergonzado que después de tanto tiempo acabo de conseguir mi sexto ejemplar. Tan sólo seis. Sobre un total de ciento once no puede decirse que lo mío sea una desbocada carrera hacia el éxito.
(Por cierto, aprovecho para deciros, amables lectores, que si tenéis por ahí algún número de la revista admito donaciones, o incluso ventas a precios razonables. Muchas gracias).
El número que acabo de conseguir es el 65 (junio 1971), dedicado a Higueras y a Miró. También está dedicado, lateral y subrepticiamente, a Camilo José Cela. Juan Daniel Fullaondo (director de la revista) tenía la sana costumbre de aderezar las imágenes de arquitectura y de otras artes con citas literarias que aparentemente no tenían nada que ver con las obras mostradas. En este número son de Cela, y, concretamente la que he copiado al principio está en la página 37, junto a la "corona de espinas", que aparece (en junio de 1971) como Centro Nacional de las Artes y de la Cultura, al comienzo de su azarosa existencia.


Las citas de Cela así, como tiradas a voleo, dan mucha risa. ¿Qué tiene que ver esa cita con ese edificio? Directamente nada, pero indirectamente todo. Esa cita, de alguna manera, tiene que ver con todos nosotros.
Siempre hay alguien dispuesto a decirnos que nuestra salvación pasa por el exterminio de algún tipo de cabra, y nos parece bien. Nos viene bien lo que sea, siempre que sea por nuestra salvación. Hasta que nos damos cuenta de que las cabras somos nosotros.
La "corona de espinas" es una cabra loca concebida por dos cabras (Higueras y Miró). El texto de Cela junto a la foto del edificio nos lleva a pensar que todos los males de la humanidad tienen por causa y origen este tipo de disparates, pergeñados por este tipo de gente disparatada.
La gente que quiere "hacer algo" es muy molesta. No se queda quietecita. Y no digamos si, sobre ese deseo de hacer algo, lo hace.
Con lo fácil que sería que todos fuéramos mansos, sensatos, educados, circunspectos, como ovejas emasculadas, en vez de díscolos como chivas locas. Las cabras, ¡ah, las cabras! Bichos montaraces, incívicos y nada prácticos.


Durante casi toda mi vida me he sentido cabra en algún sentido, de alguna manera, más o menos. Y he visto cómo el poder, el sistema, el estado, clamaba por el exterminio de la gente como yo para que así el resto de la sociedad pudiera vivir.
Corrijo: Nadie promulgaba el exterminio de la gente como yo, sino el exterminio de lo que yo (y todos) tenemos de cabra. Es decir, la mutilación de las partes caprinas en todos nosotros.
Concretamente, en lo que se refiere a mi profesión de arquitecto, desde que empecé a ejercerla (1985) he vivido muchos cambios, todos encaminados a suprimir ciertas caprinidades nuestras, y de las que se hablaba como de privilegios, chollos, exclusivas, mamandurrias, abusos, etc. Así, poco a poco, se ha llegado a la idea generalizada de que trabajar con libertad en aquello para lo que uno se ha formado, y cobrar unos honorarios justos por ello es algo fuera de toda sensatez; algo propio de cabras.
Hoy los que acaban la carrera de arquitectos consideran una suerte trabajar como becarios sin cobrar, y cosas parecidas.
Releed ahora el texto de Cela e intentad ponerlo en boca del Ministro de Econonía y Competitividad. ¿No os suena? Y en boca del Ministro de Hacienda, y del Presidente del Gobierno, y del decano de vuestra universidad, y del de cualquier colegio de arquitectos, o de médicos, o de abogados, y del alcalde de vuestra ciudad, y del presidente de cualquier banco. Ya hace menos gracia.
Pero no quiero seguir refiriéndome a los problemas de los arquitectos, que, a pesar de todo, vistos desde fuera siguen pareciendo problemas de privilegiados. Y no hay nada más feo que ver a un millonario llorando porque su caviar está ligeramente pasado. Me temo que todo lo que digamos al respecto será tomado de esa forma. Así que lo dejo ahí.
El exterminio de la cabra se refiere a cada uno de nosotros, y cada uno lo puede leer en la clave que quiera.

"Es necesario que todas las cabras mueran para que nosotros podamos seguir viviendo". ¿Y quienes son esos "nosotros"? Pues yo diría que deben de ser los cabrones.

viernes, 10 de mayo de 2013

Mi artículo de mayo en veredes

Como en meses anteriores, he publicado un artículo en veredes. Se titula "Tráeme unas gafas" y lo podéis leer clicando aquí.


Hago una evocación a cómo era mi pueblo en los años treinta, según me han contado mis padres y mis tíos, y lo sencillo que era entonces todo.
Hablo después de... ¡Qué narices! Mejor leedlo clicando donde os dije.

Muchas gracias, como siempre, a veredes por su hospitalidad, y a todos vosotros por vuestro interés.

(Por cierto: El otro día un compañero ponderó de manera elogiosa mi trayectoria bloguera diciéndome: "Es que tú publicas en veredes". Ciertamente es un elogio del que me siento muy orgulloso).

lunes, 6 de mayo de 2013

Je suis très heureux

Estoy muy contento, porque una de las entradas más exitosas de este blog se ha hecho mayor de edad y ha decidido vivir su vida por su cuenta, lejos de mí.
Se ha ido a Francia, donde al parecer la han acogido con los brazos abiertos.
El traductor Pierre Fuentes leyó mi entrada sobre el Manual de discurso automático para arquitectos y le gustó tanto que me propuso traducirla en su blog La Poutre dans l'oeil. Y aquí está: (clicad).
Esta entrada me ha dado muchas alegrías desde el principio.
Que conste que no es nada original. Del discurso automático se ha hablado siempre, y las experiencias de los surrealistas, o del Oulipo francés, (por citar sólo dos casos) exploraron todas sus posibilidades. Yo me limité a hacer en broma una tabla muy sencilla y que ha caído en gracia. (Vale más caer en gracia que ser gracioso, y a veces se aplauden cosas que no tienen demasiado mérito, pero no seré yo quien le haga ascos a este éxito).
Desde el principio, los amables lectores de este blog me comunicaron que mi tablita estaba pinchada en un tablón de la escuela de Sevilla, que tal profesor de Valladolid o de La Coruña se había reído mucho con ella, etc.
La he visto publicada en diversos sitios por gente muy amable que me pedía autorización y me citaba, y también por ladrones diversos que la hacían pasar como suya, pero como en realidad es una tontería que no merece la pena y que no ha sido fruto de una talentosa imaginación mía, sino más bien de un espíritu zumbón muy simple, pues que rule, que rule.
En un foro portugués de fotografía se hablaba de la palabrería que se usa a veces para hacer la memoria descriptiva de una foto, y se ponía como ejemplo mi tabla (clicad), como broma sobre el discurso vano y rimbombante. Lo más gracioso es que se decía (comprobadlo) que esa tabla es usada por "los arquitectos chilenos y algunos brasileños", y me da la impresión de que la mostraban como algo semioficial. Vamos, como un documento que se baja uno del Colegio de Arquitectos para redactar las memorias de los proyectos.
Uno de los foreros puso las cosas en su sitio, y yo les di las gracias a todos.
Y, el colmo (como digo en ese foro) fue cuando mi propio sobrino Sergio, que estudia arquitectura en Alcalá de Henares (Madrid), un día que hablábamos sobre temas diversos me dijo que me iba a pasar una tabla muy buena de discurso automático que circulaba por su escuela. Cuando le dije que la había escrito yo me miró como si le hubiera dicho que Fallingwater era mía. Desde entonces me mira con desprecio y me rehúye. (¿Cómo se puede tener un tío tan bocazas y tan caradura?).
Bueno, pues me pienso aprender la tabla en francés, y la próxima vez que vea a mi sobrino le diré que "la philosophie intimiste du tracé démontre une expression mûrement topique".




domingo, 28 de abril de 2013

Oíza desencadenado

Francisco Javier Sáenz de Oíza era un genio. Sí, un genio. En todas las acepciones de la palabra, incluso en la de "tener mucho genio".


Siempre decía cosas ingeniosas, creativas, estimulantes. Era imposible saber qué fértiles asociaciones de ideas iba a hacer, y eso hacía su discurso apasionante.
A no ser que te tocara terminarle una frase. Eso era angustioso.
A veces tenía un chispazo brillante, lo insinuaba y pretendía que alguien de entre los presentes lo rematara. Imposible. ¿Cómo saber qué era lo que se le había ocurrido?
Una vez, en un curso de doctorado, mencionó de pasada un problema cotidiano que tenía con su caja de compases, y preguntó cuál era la solución. A mí (como supongo que al resto de alumnos) se me ocurrió una respuesta evidente de puro tonta, pero me abstuve (como los demás) de decirla en voz alta. Oíza insistió: Quien diera con ella tenía aprobado automáticamente el curso. Nadie dijo nada. Decepcionado por tener unos alumnos tan lerdos, el maestro dio la solución: Era la que supongo que habíamos pensado todos.
Pero con Oíza eso no era lo normal. Podría haber sido cualquier cosa. Y si no acertabas te exponías a su durísima (por aguda, divertida y mordaz) crítica. Y nadie era capaz de resistir eso.
(Aparte de que, de haber acertado, a ver quién era el guapo que le decía luego que cumpliera su promesa).
A Oíza le gustaba dar cursos sobre "vocabulario arquitectónico" o, mejor dicho, sobre "conceptos básicos sobre los elementos arquitectónicos". Reflexionar sobre qué era un muro, una cubierta, un hueco, una columna, etc. Lo hacía con un ánimo constructivista, concreto y práctico, como para explicar las bases, pero lo bañaba todo de poesía, de espacio, de creación, de filosofía de la habitación humana.
Eran unas clases apasionantes, en las que desde la necesidad estructural del muro de carga y desde su realidad constructiva, se llegaba al espacio y a la definición de las condiciones de vida y función.
Era algo extraordinario.
Oíza adolecía de falta de orden y rigor expositivos. Era incapaz de desarrollar un programa coherente. Pero eso no tenía la menor importancia, porque a cada frase te sugería mil ideas y te abría mil caminos, y cada historia que se salía del temario previsto te sumergía en la aventura. Siempre era mucho mejor el destino encontrado que el previsto.
Lo malo, como digo, es cuando pretendía que alguien le siguiera la idea. Nadie era capaz de hacerlo.

domingo, 21 de abril de 2013

Los bolardos, mi padre y los noruegos

Hace unos años mi padre iba paseando por su barrio. Había llovido y el suelo estaba mojado. Se resbaló y cayó con tan mala suerte que su pecho halló en la caída un bolardo metálico que le rompió una costilla y le contusionó un pulmón. La costilla se soldó pronto y la lesión pulmonar no fue muy seria, pero ahora, aprovechando unos momentos delicados de salud, aquella vieja lesión quiere volver a hacerse valer.
Por todo ello, estos días que le estoy dando vueltas a aquel tonto accidente, estoy viendo bolardos por todas partes. Las aceras están realmente erizadas de ellos.


Y los pocos bordillos y pasos de peatones que están libres de esos pirulos tienen un coche encima. No hay rincón urbano que no tenga un coche encima. Hasta las catedrales ya tienen que poner bolardos en sus puertas para que no se les metan los coches en el altar mayor.
Vivimos en un ambiente hostil, en el que hay que hacer los bordillos altísimos o entorpecerlos con pivotes, en el que cada mañana al salir de casa nos saluda amenazante un excremento de perro, en el que los conductores aprovechan ratos muertos en semáforos vaciando sus ceniceros por las ventanillas, en el que cuando alguien, niño o adulto, se termina una chuchería tira el papel ahí mismo, donde le pille.
¿Por qué se hacen esas cosas? Porque el espacio público parece que no es de nadie y que no merece cuidado ni respeto. La gente no piensa que el espacio público es de todos, y que a todos nos atañe mantenerlo en perfectas condiciones para disfrutarlo, y que todos lo necesitamos. No. No es mío, luego no me importa.
El espacio público es el lugar donde hacemos vida pública y nos relacionamos con los demás. Pero estamos recluyéndonos cada vez más en nuestras casas, en nuestros refugios, sin querer saber nada de nadie. Así no somos sociedad, no podemos ser colectividad.
Vivimos en ciudades hostiles y cada vez las hacemos más hostiles. No hablo de vandalismo, no hace falta llegar a tanto, sino de la mera indiferencia pasiva, y del desprecio que muestra la mayoría de la población.
No podemos disfrutar de espacios comunes que nos hagan crecer y madurar políticamente, sino que vivimos aislados, cada uno en su casa, que es como una especie de búnker nuclear, y salimos a la calle, con asco y miedo, lo menos posible. El ideal es no pisar siquiera el espacio público: Salir del garaje de casa ya montados en el coche, accionar la puerta con el mando a distancia y huir por entre los escombros de un mundo desolado.
En el coche (otra burbuja de privacidad imprescindible para muchos que no soportan siquiera los transportes públicos) seguimos siendo igual de bestias.
De nada sirve que las avenidas de las nuevas urbanizaciones se pavimenten bien, con firmes cómodos: Las llenamos de tropezones, de "guardias muertos" y obstáculos de todo tipo para que los coches no se lancen a gran velocidad. ¿Tan difícil sería llegar a la sana convicción de no correr, y circular cómodamente por la cómoda calzada en lugar de dejarse la amortiguación, la dirección y los cálculos nefríticos cada cien metros? Para eso sería mejor no pavimentar las calzadas. Saldría más barato.
¿Por qué nos tienen que dar un palo al coche cada cien metros? Pues porque nadie se cree que por poner una señal de tráfico la gente la vaya a respetar.
(Hay que decir que la actitud corriente de nuestras autoridades a este respecto es sorprendente: Como nadie respeta una señal ni una norma que impongan unas limitaciones moderadas y sensatas, se cambian esas señales y normas por otras con limitaciones exageradas y absurdas, pensando que así se van a cumplir mejor. Como por una avenida de una zona residencial la gente no circula a 50 Km/h , sino a 90 Km/h, pues se pone una señal de 20 Km/h, y todos tan panchos). 
También es frecuente ver que en un hueco muy amplio, tan amplio que caben cómodamente dos coches, hay aparcado uno solo, justo en medio. Así, tan a gustito. (Yo no veo castigo ni pena lo suficientemente altos para con esta gente que ocupa dos huecos porque sí. Tal vez algún asesinato se pueda comprender. Muchos atracos y delitos diversos pueden tener una explicación que nos lleve, si no a apoyarlos, al menos a entenderlos. Pero aparcar en medio de un hueco doble es el mal por el mal, el mal absoluto, sin justificación ni perdón. Y tirar un papel al suelo también).

martes, 9 de abril de 2013

Mi artículo de abril en veredes

Acabo de publicar un nuevo artículo en veredes. Se titula "El soplido es gratis" y espero que os guste.


Este es ya el cuarto. La idea es llegar al sexto, siempre a primeros de mes, hasta junio.
En esta ocasión muestro mi preocupación de que las profesiones, en general, se vayan deteriorando en aras a la ya repugnante competitividad, concepto que triunfa en su peor acepción, en el mero abaratamiento de todo, y que ello aboque a un empobrecimiento y una pérdida de altura de todas las profesiones.
Y me da mucha pena, porque creo que ésa sí es la verdadera crisis, y pienso que entre todos estamos derribando lo que habíamos construido.

domingo, 31 de marzo de 2013

Platón gana

Todos sabemos un par de cosas sobre Platón, o tal vez sólo una: Que dijo que los objetos que vemos y sentimos son apenas una vaga sombra, un pálido reflejo de los objetos ideales, que nos resultan inalcanzables y se encuentran más allá de nuestra percepción, como arquetipos.
Todos y cada uno de los martillos del mundo son concretos e individuales y, por eso mismo, "defectuosos". Uno tiene un pequeño arañazo en el astil, otro pesa mucho, otro parece que se desequilibra un poco, otro está muy bien, sí, muy bien; pero, pero, pero no es "el martillo". Ninguno es "el martillo". La perfección no existe porque es un ideal, porque es un concepto del que ni siquiera sabemos qué esperar. El martillo perfecto, el ideal, el arquetipo, está en el cielo, custodiado por los dioses, y ningún ser humano lo verá nunca. (Ni siquiera es así: No está físicamente en el cielo; es una idea, un concepto que preside la realización de todos y cada uno de los martillos, pero que él mismo nunca se realizará).
Mientras tanto, nos conformamos con imitaciones: una circunferencia trazada con cuidado, pero que no es "la circunferencia" y no tiene ni puede tener su perfección; un buen caballo, pero que está lejos de ser "el caballo", etcétera. ¿Cómo es la mujer perfecta? ¿Cómo es el hombre perfecto? ¿Qué son? ¿Podríamos vivir a su lado? Por supuesto que no. De su piel emanaría una especie de frío insoportable: El horror de la perfección.
Esto que digo, al menos dicho así, es aceptado y compartido por todo el mundo... Bueno, menos por Mies van der Rohe.
Con la misma soberbia con la que Lucifer desafió a Yahvé, Mies desafió a Platón: Non serviam!, dijo el demonio. Non abdicam!, dijo el arquitecto. Lucifer fue destruido en el acto, pero Mies estuvo a punto de vencer.
Libró una batalla durísima, haciendo edificios de acero en los que no se veía ni una sola soldadura, exigiendo que todas las ranuras de todos los tornillos de todos los junquillos de todas las ventanas quedaran paralelas a los vidrios, y, en definitiva, actuando siempre como un maniático, un insoportable loco de la perfección, un dios que no construía objetos reales, sino que materializaba los arquetipos primigenios.


Mies no quería hacer edificios retorcidos, con volúmenes complejos ni maclas espaciales. Le bastaba (y le sobraba) con hacer paralelepípedos de vidrio y acero. Pero, eso sí, la aparente facilidad de la concepción se volvía casi imposible de ejecutar.
Mies se pasó años dando clases. ¿De qué? Hay quien dice que de arquitectura, pero también hay quien dice que sólo enseñaba a afilar bien el lápiz. ¿Sólo? Para Mies afilar bien el lápiz era la esencia de ser arquitecto: Sólo un arquitecto que supiera meter veinte líneas paralelas en una décima de pulgada, y todas ellas perfectamente equidistantes, sería capaz de concebir detalles constructivos perfectos, y de exigir que se realizaran perfectamente en la obra.
La elegancia de los diseños de Mies es insuperable, y la ejecución aún más.
He pasado largos ratos examinando el cruce de las pletinas de la silla Barcelona. Imposible encontrar la interrupción de alguna de ellas, el empalme, la soldadura.
Mies ha superado el mito de la caverna.
Platón marcó la separación irreparable entre el alma y el cuerpo, entre la idea y la materia, y además introdujo el triste concepto de que el alma, la idea, la inmaterialidad, eran puras y buenas, mientras que el cuerpo, lo tangible, la materia, eran impuros, sucios y malos. Mies redime la materia. Mies, arquitecto materialista a ultraza, que evidencia las texturas y las cualidades de los materiales, realiza con ellos la operación antiplatónica de elevarlos a los cielos. Lo de Mies es una promesa feliz: El cuerpo no es malo, ni está enfrentado al alma, ni se ha de humillar ante ella. Porque lo material (queda demostrado con su obra) asciende hasta la idea, sube triunfante a los cielos.
Y así vemos a nuestro Mies, a nuestro héroe, santo patrón de la materia redimida y salvada para siempre tanto estética como éticamente (pero, sobre todo, ontológicamente). ¡Gloria a Mies van der Rohe!


Ahí le vemos: Tranquilo, triunfador. Fumándose el merecido habano. ¡Bravo, campeón! ¡Has vencido a Platón, nada menos! Fuma feliz y disfruta de tu victoria.

Pero... ¡Pero...! ¡No! ¡Cielos, no! ¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!