miércoles, 19 de noviembre de 2014

Hurbanismo (y II)

(La primera parte de esta entrada ha superado todas mis previsiones. Ya dije que ahí estaba todo lo que sabía sobre el asunto, pero también prometí -insensato- extenderme un poco en los dos corolarios que enuncié. Así que voy a divagar sobre ellos).

Cuando me compré mi casa los intereses de los créditos hipotecarios estaban sobre el 15%. Hacia 1993 empezaron a bajar, y a bajar, y a bajar...
Parecía que por fin la gente se iba a poder comprar una casa con cierta comodidad, pero entonces el precio de éstas empezó a subir, y a subir, y a subir...
"Ellos" sabían hasta dónde se nos podía apretar el dogal, y cuántos centímetros de lengua podíamos sacar, así que siguieron teniéndonos a todos con la lengua fuera. De manera que la bajada del esfuerzo pagador causada por la de los tipos de interés se compensó automáticamente, como si hubieran abierto una compuerta entre dos recipientes, con la subida de los precios.
(A esto se refieren cuando dicen que el mercado se autorregula. Qué cabrones).

Por otra parte, siempre se había pensado que la vivienda era la mejor inversión posible, porque nunca bajaba de precio, pero ahora se generó la expectativa de que cualquiera podía ser propietario, y se inventaron hipotecas a treinta años, a cuarenta, a los que hicieran falta, para que todo el mundo se embarcara en la compra de una casa. Daba igual que fuera carísima; tú sólo tenías que fijarte en cuánto tenías que pagar al mes, y la verdad es que con unos intereses muy bajos y muchísimos años de amortización tu pago mensual era asumible (aunque te pasaras media vida pagando sólo intereses, sin devolver apenas nada de capital).
Los ciudadanos eran felices. Todo era maravilloso.


Dos dibujos de El Roto en la época del boom.

Ya, ¿pero por qué las casas eran tan caras? Pues porque una casa no es ninguna tontería. Porque una casa requiere el trabajo de mucha gente durante mucho tiempo, y muchos materiales caros... ¡Mentira! Con esa explicación no cubres ni la mitad del precio de tu casa.
Un avión a reacción sí es caro, y un diamante de tropecientos quilates, y un robocop. ¿Pero una casa?
Y lo que más costaba de la casa era el suelo, que, como dije el otro día, en realidad es algo que cuesta poquísimo.
Un diamante cuesta mucho porque hay muy pocos, pero suelo hay para aburrir, y encima las leyes del suelo lo fueron liberalizando y "facilitando" para que costara menos, pero iba costando más cada vez.
¿Por qué? Vamos a hablar de cómo se calcula el valor de un suelo por el... (tranquilos; sed fuertes)... ¡método del valor residual!

1.- El método del valor residual. ¿Cómo calcularíais el número de ovejas que hay en un rebaño? Me refiero a un gran rebaño, a un rebaño enorme, con un número abrumador de ovejas que no se pueden ni contar.
Pues muy fácil: Contáis las pezuñas y dividís entre cuatro.
¿Os parece absurdo? Pues con el valor del suelo se hace una cosa tan absurda o más.
Se parte del precio de venta de la vivienda. (¿Por qué? ¿Por qué sabemos perfectamente el precio final de venta de una vivienda si no sabemos el precio de uno de sus componentes, que encima es el más caro con diferencia?). De ese precio final de venta le vamos descontando todo lo que interviene, cuyo importe conocemos perfectamente (beneficio del promotor, gastos financieros, licencias, notaría, honorarios de diversos profesionales, coste de la construcción...) y lo que queda es el valor del suelo.
Estupendo. ¿Pero cómo es posible -repito- que sepamos el precio de una vivienda antes de saber el de uno de sus componentes?
Esto en sí mismo es una monstruosidad. El precio de la vivienda no es analítico, aditivo (como el de un avión, un diamante o un robocop). No parte del precio de sus componentes. Por el contrario, es un precio previo porque es meramente un precio especulativo. El precio de la vivienda es un "porque sí".
¿Cómo es posible que se sepa lo que cobra cada profesional, lo que cuesta cada ladrillo y lo que supone la licencia de obras, el estudio geotécnico y el laboratorio de control y no se sepa cuánto cuesta un solar? Pues por lo que dijimos el otro día: Porque el solar, de por sí, no cuesta nada (o casi nada), y se agarra al valor de expectativa. El solar es el pelotazo. Un bien que cuesta muy poco dinero y que, por arte de birlibirloque oportunista puede llegar a costar una fortuna.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Puesta de largo de Necrotectónicas

El martes que viene, 18 de noviembre, a las 13:30 h, se hará la presentación de mi libro Necrotectónicas.
El acto tendrá lugar en la

Escuela de Arquitectura de la Universidad de Castilla-La Mancha (eauclm)
Campus Tecnológico de la Fábrica de Armas
Edificio 21. Zona Franca
Avenida Carlos III, s/n. Toledo


Cartel anunciador del acto. (Si lo clicas lo podrás ver más grande)

Me van a hacer el gran honor de acompañarme y presentar mi libro (hablando muy bien de él, naturalmente):

D. Juan Ignacio Mera González, doctor arquitecto, profesor de proyectos y director de la escuela.
D. Santiago de Molina, doctor arquitecto, profesor de proyectos en el CEU y autor de numerosos libros y del prestigioso blog Múltiples estrategias de arquitectura, del que éste es un declarado seguidor.
D. Carlos Asensio-Wandosell, arquitecto, profesor de proyectos en la eauclm.
D. Juan García Millán, arquitecto, profesor de proyectos en el CEU, director de la revista Constelaciones y editor de Ediciones Asimétricas.

Se hablará de mi libro, naturalmente, pero creo (espero y supongo) que también hablaremos de arquitectura, de arquitectos, de muertes, de cotilleos y de todo lo que surja. La verdad es que todos los intervinientes son grandes y amenos conversadores.
Creo que lo pasaremos muy bien.

Invitación

Que la Escuela de Arquitectura de Toledo acoja y auspicie este acto es un inmenso honor. Reviste a mi humilde (y díscolo) libro de una importancia académica que me abruma.
El acto tendrá un claro color escolar y vendrán bastantes alumnos, con el entusiasmo y la pasión que tienen siempre. Será algo muy estimulante.
(Pero en cambio perderá parte de su dimensión "social". Sé que para muchos esa hora es muy mala y no vais a poder venir, mientras que si fuera por la tarde-noche estaríais libres y sí podríais).
Entenderé perfectamente a los que no podáis asistir, pero a los que podáis os agradeceré muchísimo que os acerquéis y me acompañéis en este trance.
Me gustará mucho ver caras conocidas, aunque intentaré sentir también el aliento y el apoyo de los que no estéis. Sé que estaréis en espíritu.
(Mentira cochina. Ya está bien de ser educado y buenrollista: A quienes no vengáis os apuntaré en mi libreta especial, ¡y ay de vosotros!).


(Como comprenderéis, esta entrada se ha colado porque se tenía que colar. Era necesario. Quienes os habéis quedado esperando la segunda parte de Hurbanismo la tendréis un día de estos. Gracias por vuestro interés y por vuestra paciencia).

viernes, 7 de noviembre de 2014

Hurbanismo (I)

(Unas cuantas observaciones deslavazadas basadas en mi experiencia personal).

Prólogo 1: El suelo (urbano) no vale nada. Por el límite oriental del término municipal de mi pueblo (Seseña) pasa el Río Jarama, que forma una vega muy fértil. Esas tierras han sido muy cotizadas desde la prehistoria, pues el Jarama lleva un caudal muy estable y el regadío está garantizado. Hay pocas heladas y todo se muestra benigno para la agricultura.

El Río Jarama en el término de Seseña. Foto: Ferpatillas

El maizal. Foto: Priedepriede
(Este es de Navarra, pero es exactamente igual que los de mi pueblo)

Los antiguos seseñeros establecieron el pueblo a unos siete kilómetros de distancia de esa magnífica vega. No la iban a estropear construyendo casas. Éstas fueron construidas (naturalmente) en el peor sitio posible para la agricultura: en un pedregal de yeso. El suelo que no valía para otra cosa se usaba para construir.

Seseña, hacia 1960. Foto obtenida gracias a la labor encomiable de mi paisano
y tío segundo Pepe Cholela. Desde la torre de la iglesia mirando hacia el este.
Al pie se ve la plaza, y la calle de La Vega se aleja. 4 Km más allá (de suelo de secano)
pasa la carretera de Andalucía y el terreno va descendiendo otros 2 o 3 Km hasta el Río Jarama.

La gente rica tenía mucho terreno de regadío en la vega y mucho más de secano en el llano. La gente algo más pobre tenía algunas tierras de secano, en la parte alta, entre la vega y el pueblo. La gente aún más pobre no tenía tierras y trabajaba a jornal. Pero todos tenían enormes parcelas en el casco urbano: El terreno en el que hacer la casa costaba infinitamente menos que una tierra de labor de secano (y no digamos que una pequeña huerta de regadío). En realidad apenas costaba algo. Y si las zonas más céntricas estaban ya ocupadas, se hacía uno la casa en las afueras y ya está.
Recuerdo la casa de mis abuelos: No tenía ni baldosas. El suelo era de tierra apisonada y cal, que mi abuela regaba todas las mañanas asperjando con la mano el agua de un cubo. El tejado era de tejas sobre cañizo. Las paredes eran de canto y barro. La electricidad había venido después: Las paredes estaban recorridas por cables trenzados con aislamiento tejido, las bombillas colgaban de casquillos desnudos y se encendían y apagaban con interruptores de pellizco.
Era la casa más pobre que uno pudiera imaginar, y sin embargo daba por detrás a un patio enorme, en cuyo fondo había una cuadra donde había habido una mula, y encima de la cuadra había una cámara para el grano. Un auténtico laberinto inextricable para jugar. Un paraíso.
En la parcela que ocupó la casa de mis abuelos, ya demolida, están hoy las casas de tres de mis tías, tres buenas casas, cada una de ellas con su buen patio.
Es decir: Un matrimonio medio, algo más pobre que rico, tenía un solar que hoy sólo se podría permitir un millonario.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Feliz cumpleaños, Don José Antonio

Hoy es el nonagésimo tercer aniversario del nacimiento de José Antonio Corrales, uno de los más grandes arquitectos españoles del siglo XX.
Con tal motivo varios tuiteros amantes de la arquitectura están haciendo hoy reseñas, citas y homenajes en twitter.
Uno de ellos, @museoes (a quien desde hoy empiezo a seguir) ha puesto estas dos fotografías:



Y las ha acompañado con este lacónico texto: "Mientras tanto, Casa de Campo..."
Se trata del magnífico Pabellón de España en la Expo de Bruselas de 1958, que diseñó con su compañero y socio durante muchos años Ramón Vázquez Molezún, y que es una de las diez obras más importantes de la arquitectura española del siglo XX, y del que ya hablé una vez aquí.
(He dicho "una de las diez" por decir algo. Estoy seguro de que si hacemos una encuesta entre arquitectos españoles para que voten las diez mejores obras realizadas en el siglo ésta será una de las seleccionadas. Y tal vez entre las cinco mejores también).
El pabellón, un prodigio de economía conceptual, de ingenio y de "pura arquitectura" fue tan estupendo que al terminarse la Expo fue desmontado y reconstruido en la Casa de Campo de Madrid (adaptándose al nuevo emplazamiento, porque una de sus virtudes era que se podía adaptar a cualquier topografía).
Y nuestras autoridades culturales, que tanto aman la cultura patria, llevan desde entonces velando por él.
Qué vergüenza y qué indignación tan grande.
Spain: mierder country.

jueves, 23 de octubre de 2014

Soneto a Frank O. Gehry


El afamado arquitecto Frank O. Gehry le ha dedicado esta peineta en Oviedo, donde ha ido para recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, a un periodista que le ha preguntado por su "arquitectura espectáculo".
Aquí le dedico yo, con todo mi cariño, un soneto de desagravio.


Qué pregunta te han hecho, qué pregunta,
querido Frankogehry, qué canallas.
Menos mal que tú en esto no te callas:
Tu dedo corazón alzó la punta.

Que si tu obra mundial se descoyunta
en gestos y posturas, como Fallas,
y que si tú te cuelgas las medallas
que te dan gentes de razón difunta.

Indignado, tú has hecho una peineta,
oh, glorioso, grandísimo arquitecto.
Di que sí, que se vaya a hacer puñeta

quien así ha criticado tu trayecto.
Esta gente no sabe, no interpreta.
Oh, tú, divino, libre de defecto.


(Si has sentido mucha vergüenza ajena y no quieres que vuelva a escribir un soneto nunca más, clica el botón g+1 que está aquí debajo. Muchas gracias).

miércoles, 22 de octubre de 2014

Echar el resto

Dedico esta entrada a Emilio (cómo no) y a Pedro Torrijos,
dos grandes libertyvalancianos.

Os pido que os detengáis conmigo en un detalle de la escena del velatorio de Tom Doniphon, de la película El hombre que mató a Liberty Valance, de 1962.
El senador Ransom Stoddard ha venido desde la capital al funeral de este vecino de Shinbone a quien ya nadie recuerda y a quien le van a hacer un entierro de caridad.
Pompey, el empleado, amigo y confidente de Tom, está solo en un rincón, sentado y cabizbajo. Llegan Stoddard, su esposa y Link (el antiguo Sheriff, que hoy ha hecho de cochero para el matrimonio).
Ransom Stoddard le saluda con afecto, y Pompey le mira.

Fotograma de The Man Who Shot Liberty Valance
(Clícalo para verlo más grande. Esa mirada...)

Se miran los dos. Una mirada perfecta, que dice todo lo que hay que decir y más de lo que en ese momento el espectador puede saber.
¿Cuánto vale esa mirada? Vale una escena sublime en una de las más grandes películas de todos los tiempos. ¿Y cuánto cuesta? Es una mutua mirada complejísima. ¿Cuánto cuesta? Cuesta la amistad de un hombre, o de dos, o de tres, o de los que hagan falta. Cuesta el honor y el respeto; cuesta el amor propio y cuesta la vergüenza propia y la ajena. Cuesta la traición. Cuesta el infierno. Pero ha salido perfecta y merece el precio que se haya pagado por ella.
¿Merece la pena discutir, ofender, amargar a la gente, traicionar, tiranizar, etc, por conseguir ese plano? Para John Ford sí, sin la menor duda.

No os cuento la escena, porque si a estas alturas no conocéis la película no tenéis perdón de Ford. Pero sí os pongo en situación sobre esa mirada. Stoddard es un triunfador y viene a este pueblo humilde a dar su último adiós a un buen y viejo amigo, que ha pasado los últimos años de su vida hundido en el anonimato y en la pobreza. Pompey es el ayudante-empleado (tal vez antiguo esclavo) del muerto Doniphon, que fue antaño el mejor hombre del pueblo, pero quedó opacado y arrinconado por Stoddard.
Por lo tanto, Stoddard debe saludar a Pompey con afecto, pero tal vez un puntito de superioridad vergonzante y avergonzada no estaría mal. Y Pompey debe saludar a Stoddard con respeto, pero una miajita de resquemor vendría muy bien.

Tanto James Stewart como Woody Strode eran buenísimos actores. Y no sólo se sabían el papel muy bien, sino que entendían ese matiz perfectamente. Pero Ford no se lo explicó. No era de esos que les explican matices a los actores. Prefería destrozarlos.
John Ford era famoso por sus ataques de ira, por su mala leche, por su sequedad inexpugnable. (Y sin embargo quienes le querían le querían a rabiar). Su forma de hacer cine necesitaba que en los sets de rodaje siempre hubiera tensión. A veces una tensión masticable. Él la provocaba. Bajo esa presión los actores daban lo mejor de sí mismos.
Por puro capricho, por pura broma o por puro sadismo, se las hacía pasar canutas a todos.
En el rodaje de El hombre que mató a Liberty Valance tenía una especie de "lista negra", y cada día señalaba y humillaba al último de la lista, "el del barril".
A todos les iba tocando algún que otro día estar en el barril, pero jamás le tocó a James Stewart. El que más veces estaba era John Wayne, que tenía una grandísima amistad con John Ford y no lo entendía, y le preguntaba a menudo a Stewart: "¿Cómo es que tú nunca estás en el barril?". Éste le contestaba (con cierto orgullo inexplicable): "no lo sé".

(Normal: Tom Doniphon protege al novato Stoddard, y lo ayuda, pero a la vez tiene que sentir por él una mezcla de celos y envidia, y un malestar tenso. Mientras que Stoddard es un inocente que necesita ayuda y no se da cuenta del daño que está haciendo y la envidia que está suscitando. ¿Por qué no hacer que los actores se sientan como los personajes? Así actuarán mucho mejor).

James Stewart contaba una de tantas maldades de John Ford:

Fotograma del documental Dirigida por John Ford, 1971

En la escena del funeral, que se rodó hacia el final, cuando todo estaba ya montado y listo para empezar, el director se llevó aparte a James Stewart y le hizo notar cómo iba vestido Woody.
-¿Qué te parece cómo se ha puesto para la escena? ¿No es ridículo?- le preguntó al niño bonito del rodaje, buscando la respuesta cómplice, la broma íntima, el cachondeo secreto entre ellos dos.
Stewart (dice que no sabe por qué; asegura que fue el diabólico Ford quien le insufló esa respuesta) contestó:
-Sí. Se parece al tío Remus.
(El tío Remus es un personaje folclórico popular de los Estados Unidos. Clicad el enlace. El paternalismo con que se le trata tiene algunas connotaciones racistas, como de superioridad hacia la raza negra).

¡Premio! John Ford ya tenía lo que quería.

viernes, 17 de octubre de 2014

Más barato

No creé este blog para lamentarme, ni vosotros lo leéis para que os cuente miserias. No somos llorones (aparte de que con ello no ganamos nada: dar pena es muy lastimoso y humillante, y no se saca nada en claro). Pero dejadme que hoy os hable de un asunto que intento evitar siempre. Además, no lo haré para lloriquear, sino para (intentar) hablar finalmente (un poco) de arquitectura.
Es que un amigo y compañero me ha mandado un e-mail desesperado, porque ante el posible encargo de proyectar y dirigir una vivienda ha bajado sus honorarios hasta el límite de lo temerario, y aun así no ha conseguido el encargo.
Me ha escrito para que yo le echase un ojo a su presupuesto, a ver si me parecía razonable, porque él ya no sabía qué pensar y temía estar totalmente desorientado y pidiendo cantidades elevadas por su trabajo.
Mi dictamen ante su presupuesto ha sido que lo ha bajado demasiado, y que por esos honorarios que ha pedido no merece la pena trabajar. Si descuenta lo que le cuesta el visado del Colegio de Arquitectos, el Seguro de Responsabilidad Civil y otros gastos de todo tipo (desde el teléfono para hablar con ese cliente -durante la obra, y antes, y después- hasta las fotocopias), le traería más cuenta que el cliente le comprara en la plaza pública, en el mercado de esclavos, y le mantuviera mientras trabajaba para él.
Le he dictaminado eso, como si yo fuera un tipo listo a quien esas cosas no le pasan. Me acaba de pasar lo mismo. Todos lo hemos hecho; todos hemos explorado el cieno alguna vez (o muchas) para ver hasta dónde se puede bajar; por saberlo, por asomarnos al abismo. Pues bien: Se puede bajar hasta el infinito.
Pidas el precio que pidas, siempre hay alguien que lo hará más barato.


Yo compro bastante por internet. Por ejemplo libros. Me interesa tal libro y lo busco en distintas plataformas. Veo distintos ejemplares a distintos precios y en distintas librerías, sopeso el coste del envío y, en su caso, el cambio de moneda, y compro el más barato.
Pero es que estoy barajando distintos ejemplares del mismo libro, y todos sin estrenar. (Si comparo libros usados, con distintos estados de conservación, la cosa cambia).
Vamos, que me parece lógico comprar el más barato entre varios bienes o servicios idénticos.

¿Qué quiere decir esto? Que el cliente nos ve a todos los arquitectos como idénticos y sólo le interesa, por lo tanto, nuestro precio.
¿Y por qué ocurre esto? ¿Cómo es posible? Pues porque no valora nuestro trabajo en absoluto. No lo valora en lo más mínimo. Porque nuestro trabajo no le interesa, y en su imaginación no cabe la posibilidad de que alguien lo haga mejor y alguien peor.

Esto es curioso. Lo que ha pedido mi amigo por proyectar una casa y dirigir las obras de su construcción es tan poco dinero que la rebaja que haya podido hacer el arquitecto que haya conseguido finalmente el encargo no puede ser mucha. Es que no hay más chicha donde rascar.
Por lo tanto, el cliente ha confiado el proyecto de su casa (que ya llevaba dibujada a bolígrafo en una hoja cuadriculada) a un arquitecto que seguro que ni conoce, con el único criterio de que se va a ahorrar bastante menos de lo que le va a costar una de las jardineras del porche, o un grifo.

Atentos a lo que acabo de decir como de pasada: El cliente ya llevaba el diseño de su casa en una hoja cuadriculada de papel. A razón de un metro por cuadrito. Por lo tanto, no necesita el trabajo del arquitecto, más allá de que le pase a limpio su plano. Como no está acostumbrado y no sabe diseñar una casa, ha ido juntando habitaciones: Un salón de cuatro por seis, detrás un dormitorio de tres por cuatro, detrás otro dormitorio de tres por cuatro, detrás un baño de dos por tres... Y así. Amontonando piezas y apretándolas con un calzador. (Los muros y los tabiques no tienen espesor, los pilares no existen, etc).
Aquí ocurre algo curioso: El cliente no sabe diseñar su propia casa, y su esquema es muy torpe y deficiente. Pero no se fía del arquitecto. No quiere que el arquitecto meta sus sucias manos en su casa.
¿Por qué no le cuenta el cliente al arquitecto lo que quiere y le deja a éste que lo diseñe, que es quien sabe? Pues porque si le deja al arquitecto que diseñe su casa se la va a estropear. Y él no quiere que el arquitecto disponga cómo tiene que ser su casa. Estaría bueno. Es su casa.
Pero él no sabe diseñarla. Aunque sea su casa, aunque tenga un interés enorme en proyectarla, aunque quiera plasmar en ella todos sus anhelos, no sabe cómo hacerlo.
Vale, no sabe cómo hacerlo, pero no está dispuesto a que nadie le mandingonee.
Y de ese círculo vicioso no salimos.

(Nota.- En mi casa, en nuestro microlenguaje familiar decimos mandingonear por mangonear. Nos gusta más).

Esquema que refleja el procedimiento de composición de la planta por el cliente tipo.
Está idealizado y mejorado. Los de la realidad suelen estar peor compuestos.

Siempre que sale este tema nos surge la maldita autocrítica: Lo presumidos y prepotentes que somos los arquitectos, nuestras ideas peregrinas, etc. Soy humilde y siempre asumo sin remolonear y sin esconderme la parte que me toca en esta autocrítica, pero hoy no me da la gana. Ya basta. Ya está bien. Si el cliente no quiere ni tomarse la molestia de preguntar, de informarse sobre quién le puede hacer su casa, si no quiere distinguir a un bocazas cantamañanas de un profesional sensato porque le da igual y sólo busca ahorrar unos pocos euros, allá él.
Si seguís creyendo que los arquitectos somos los culpables de que haya tan malas casas, pues allá vosotros. Ya vale. ¿Por qué no buscáis a alguien inteligente, serio, coherente y le dejáis trabajar? ¿Por qué no le escucháis siquiera?