viernes, 25 de julio de 2014

Rhinoceros hispanicus

Leo en Plataforma Urbana (a través de sinarquitectura) la entrañable noticia de que en el recién creado país soberano de Sudán del Sur están diseñando nuevas ciudades cuyos planos tienen formas de animales y de frutas.

Plano de Juba, la capital de Sudán del Sur

Uno ve esto y esboza primero una sonrisa, luego intenta indignarse por lo que tiene este método de desprecio a cualquier teoría urbanística y a cualquier criterio profesional o "científico", y finalmente siente una profunda envidia.
Envidia, sí. Ojalá se hubieran hecho así las cosas en nuestra querida España.

El subsecretario Daniel Wau muestra el plano de su ciudad: Wau

Envidia: ¿Que sería mucho mejor que cada ciudad se adaptara a su topografía, a los vientos, a las corrientes de agua, a las pendientes de desagüe...? Sí. Por supuesto. Pero puestos a hacer chorradas, esta de los sudsudaneses es mucho más justa, más sana y más interesante que la que hemos estado haciendo los españoles durante décadas.
Lo que yo he visto por aquí es que el urbanismo se ha hecho exclusivamente en función de las expectativas económicas que tenía quien urbanizaba.
Esa ha sido la única variable, el único criterio: La pasta. La plusvalía.
De nada sirvió lo que aprendimos en la escuela. De nada estudiar cuáles eran los vientos dominantes, cuál era el soleamiento, las precipitaciones, la topografía, la demografía, etc, de dónde se podía obtener agua, dónde y cómo se podía desecharla... Nada de eso. El único criterio que yo he conocido ha sido dónde se podía obtener suelo barato y qué expectativas de precios de venta había.
(El agua ya se traerá, los accesos ya se harán. Los vertidos ya veremos. Y los habitantes ya se traerán).
Y lo peor es que, ante estos desmanes, lo único que han venido haciendo las leyes del suelo (primero muy tímidamente la nacional, y después ya descaradamente las autonómicas) ha sido potenciarlos. Todo el terreno disponible es potencialmente urbanizable, y el orden y criterio para irlo urbanizando no ha existido: Un urbanizador actúa ahí, otro tres kilómetros más allá, otro se inventa una ciudad en medio del campo, sin accesos ni infraestructuras. (Ya se pondrán). Etcétera.
Se ha urbanizado a base de PAUs, y la gestión indirecta (qué eufemismo, qué falacia) ha hecho que la iniciativa privada tomara el mando, pasando por encima de toda barrera y de todo criterio.
Para poder producirse, todos estos desmanes han necesitado evidentes dejaciones de funciones y negligencias de las administraciones públicas (cuando no descaradas connivencias). Cada pollo ha actuado donde y como le ha dado la gana.
No hay proyecto de ciudad, no hay planeamiento. Mejor dicho: El planeamiento no sirve para nada, porque si no te apetece desarrollar este sector previsto de suelo urbanizable te vas al rústico y haces allí lo que se te ocurra.
Y lo que a uno se le ocurriera era en función de cuántas parcelas de suelo rústico fuera capaz de "señalizar". (Con la complicidad y connivencia de la banca indecente e inmoral, y de unas leyes del suelo no menos indecentes ni menos inmorales).
El control público de todo este descomunal negocio empezaba por unos concejales y unos alcaldes que, en un primer momento de honradez, caían fascinados ante el aluvión de riqueza que iba a inundar sus pueblos: Puestos de trabajo para todos, dinero para los ayuntamientos, desarrollo, etcétera. Y una vez suficientemente ablandados por este espejismo inocente y bienintencionado, empezaban a recibir los relojes de oro, las invitaciones a restaurantes caros, a hoteles, cruceros, etc, y algún que otro dinerillo...
"¿Qué mal hago yo?" "¿A quién estoy perjudicando?", se preguntaban concejales y alcaldes. "A nadie". "Al contrario: No hago más que traer riqueza a mi pueblo. Mirad a la juventud: Todos trabajando, todos con coche nuevo".
Esto ha sido Jauja.
(Si es que lo recuerdo y se me saltan las lágrimas, coño).

martes, 22 de julio de 2014

El más tonto de por aquí

(Iba a titular "el más tonto del mundo", pero tampoco es cosa de presumir).

El mes pasado os conté en una entrada mi ineptitud congénita para realizar cualquier trámite administrativo.
Tal vez recordéis cómo os contaba mi periplo por una ciudad accidentada, bajo un sol abrasador, yendo de un edificio universitario a otro para que admitieran mi solicitud a ser profesor asociado.
También os contaba que durante la carrera jamás conseguí (en ningún curso) matricularme comilfó, y siempre me equivocaba en algo.
Pues bien: Hoy he vuelto a pensar en ese puesto de profesor asociado y me he hecho tilín a mí mismo imaginándome las cosas que les podría contar a mis alumnos. Vamos, que me he visto ya.
Y he caído en la cuenta de que no tenía ni idea de cuándo se publicarían los resultados. Así que he entrado en la web de la universidad, sección "personal docente e investigador" (PDI) y ahí he visto la convocatoria. He ido a clicarla por si en ella se decía en qué fecha se resolvía, pero no ha hecho falta, porque justo debajo de ella venía una pequeña nota: "Listado provisional de admitidos y excluidos".
He clicado y ha salido un larguísimo pdf.
He buscado "mi" plaza, y en la larga lista de admitidos provisionalmente (¡uf! ¡cuántos! Pensaba que la competencia sería menor) no estaba yo. He mirado entonces en la lista de excluidos y...

(Sí, amigos, he quedado excluido del concurso. Han sonado las doce antes de que el príncipe me sacara a bailar. O, mejor dicho, ni me han dejado entrar al baile. Venía borracho y mal vestido -como de costumbre- y ni he podido cruzar la puerta).

(Clica para verlo grande y poder leerlo)

Resulta que no he abonado la cantidad de 9 ? (supongo que serán 9 €) de formación de expediente.
Ah, ¿pero es que había que pagar nueve euros para la formación del expediente?


¿Dónde ponía eso? Veo que del resto de excluidos ninguno lo está por ese motivo(*). O sea, que todo el mundo lo sabía. Debía de venir en la convocatoria en letras bien grandes, y seguro que en la instancia que rellené lo ponía también. Y bien clarito. ¿Cómo es que no lo vi? ¿Cómo es que soy tan atolondrado?
(Por supuesto que daban cinco días hábiles para alegar, aportar, corregir, etc, antes de que la lista se hiciera definitiva. Pero por supuesto que esta idea de mirar se me ha ocurrido demasiado tarde. El plazo de esos cinco días terminó hace tres).

Se me ocurren tres cosas. 1.- La primera es cómo puedo ser tan tonto, tan inútil y tan incompetente. ¿Cómo pretendía enseñar nada a los jóvenes estudiantes, ayudarles a nada, si yo mismo soy incapaz de desenvolverme en la vida? ¿Qué me imaginaba yo que estaba en condiciones de enseñarles? ¿Seré giliflautas? ¿Seré imbécil?
Necesito a alguien responsable a mi lado para salir de casa, para darle la manita y que me cruce la calle.
Menudo día imbécil me pasé recopilando justificantes, y menuda mañanita rica en la ciudad de las cuestas y del calor.
Si es que soy imbécil. Seguro que los admitidos no tuvieron que subir ni una sola cuesta. Seguro que aparcaron al ladito del Registro General, abonaron los 9 ?, entregaron la documentación y ya está.
A esos era a los que me refería entonces cuando decía que el profesorado está muy bien preparado. La selección natural se encarga de que los impresentables como yo quedemos excluidos.
El mundo funciona, al fin y al cabo.

2.- Vale. Pero por otra parte se me ocurre también que en qué cabeza cabe que haya que pagar para presentarse a un trabajo. No lo puedo concebir. No sé con qué derecho puede decir la universidad que los interesados paguen los gastos de formación del expediente. ¿Qué expediente? ¿Y en todo caso, vale nueve euros ese ímprobo esfuerzo de formar un expediente? (Digo yo que a quien admitan ya le tendrán que abrir un expediente, pero a quien no admitan les basta con una carpetilla provisional, para tirar su contenido en seguida).
En fin. Con todos los respetos, me parece cuando menos una inelegancia, y cuando más una desfachatez.
(Cuando yo tenía un próspero estudio nunca les hice pagar a los aspirantes a un puesto la cantidad de nueve euros para estudiar su currículum y guardarlo en un archivador).

3.- Y, por último, aquel agradabilísimo funcionario del que hablé en su momento, y que me revisó la instancia y me la selló, y comprobó y compulsó las fotocopias de mis títulos, ¿no podía haberme advertido que me faltaba por pagar la tasa de formación de expediente?

Sí, ya sé. Ya sé que es una excusa y una salida muy fácil echar la culpa a los demás de lo que en realidad es un fallo mío. Un fallo gravísimo que me deja sumido en la vergüenza y en el oprobio. Porque me siento muy muy incompetente. Y muy torpe. Y muy desnortado, inmaduro, estúpido...

Se lo he contado a mi mujer, y me ha dicho que hay que ver cómo soy, que siempre estoy metiendo la pata y que no se lo diga a nadie, porque tenemos amigos y familiares que nos quieren y que aún tienen unas ciertas expectativas puestas en mi persona. Vale, no se lo contaré a nadie.
(Disimulad vosotros. No le vengáis diciendo que lo voy proclamando en mi blog).

(*).- Remiro las listas infaustas y veo a otro que tampoco pagó los 9 ?. ¡Qué alegría me he llevado! ¡Un compañero, un alma gemela!
Dicen que el mal de muchos es consuelo de tontos. Pues vale. Pues ya os estoy diciendo que soy tonto.


(Esta vez ni cliques el botón g+1 ni nada. Muchas gracias)

lunes, 21 de julio de 2014

Esta dedicación

Estamos en verano, y al insoportable calor se unen un espíritu vacacional y una pereza (galbana se dice en mi pueblo) que no le dejan a uno hacer nada en serio.
Así que en vez de escribir una entrada profunda (¿alguna vez he escrito alguna?) me decanto por una bobería interesante. (Es mi seña de identidad: Interesarme por las bobadas).
Hace poco glosé el fascinante libro El Hacedor (de Borges), Remake, de Agustín Fernández Mallo. Uno de sus textos-experimento consiste en tomar un texto en español (el original de Borges de ese apartado), pasarlo por el traductor de google n veces de un idioma a otro hasta, por último, verterlo de nuevo al español. A ver qué pasa.
Lo que pasa es una broma, sí, pero es mucho más.
Es un descarnado juego para lavar y centrifugar el significado de una frase, para reflexionar sobre la intertextualidad y... Vale, he dicho que esto iba a ser una cosa veraniega y ligerita. Lo dejo ahí.
(Pero pensad en ello: Pensad cómo puede traducirse un texto de un idioma a otro, y a otro, y a otro... Qué va perdiendo en el camino y qué se va encontrando y qué gana. Y pensad además en una traducción automática. ¿Cómo es eso posible? ¿A qué arcanos del sinsentido nos lleva todo eso? ¿Qué inexplicables fisiones semánticas se producen?)


Sobre los efectos de las traducciones automáticas podéis acudir al manual de instrucciones de cualquier cachivache, cuanto más cutre mejor. También podéis examinar la etiqueta de una prenda deleznable. Y recordad que cool iron puede ser planchar en frío, pero también un hierro guay, un hierro chulo.

Si traducimos del español al francés, y de éste al inglés, y luego al italiano... vamos entendiendo las traducciones intermedias (y además vamos constatando que son bastante fieles). Así que decidimos acudir a idiomas que no entendamos en absoluto, que ni siquiera utilicen caracteres latinos, para así no saber nada de los pasos intermedios del proceso, y sólo conocer el resultado final. (Sirva como observación que con este procedimiento también rendimos tributo al Principio de Incertidumbre de Heisenberg y a su Mecánica Cuántica Matricial, que tiene en cuenta los estados inicial y final del sistema, sin preocuparse por los estados intermedios. Pero he dicho que no quería ponerme estupendo y me estoy poniendo). (La verdad es que me encanta buscarle una base científica profunda a mis chorradas. Y la tienen, eh; no vayáis a pensar que soy medio tonto. O sí).
Por lo tanto, elegimos el árabe, el ruso, el japonés y el chino (tradicional; nada de simplificado). Yo no sé si vosotros os defendéis bien en alguno de ellos. Supongo que la mayoría no. En cuanto a mí, aunque viviera cien vidas, no sólo los seguiría ignorando concienzudamente, sino que me seguiría sorprendiendo que alguien osara meterle mano a esos arcanos que superan toda comprensión humana. (Algún día se demostrará que quienes hablan esos idiomas son seres sobrehumanos, bien semidioses o bien cyborgs).


Con ese recorrido poliidiomático tomamos el título de nuestra anterior entrada: ES MERO ESMERO, y lo traducimos automáticamente al árabe. Copypasteamos ese texto árabe y lo traducimos al ruso, y el ruso al japonés, y el japonés al chino (tradicional), y por fin el chino al español.

El resultado es: ESTA DEDICACIÓN.

¡No está mal! Yo esperaba que el texto se hubiera mareado aún más (sobre todo por el juego de palabras que forzaba un poco la construcción inicial), pero ha quedado razonablemente reconocible. Vamos, que está muy bien.
Incluso funciona como antecedente del texto inicial: ESTA DEDICACIÓN ES MERO ESMERO.

Vamos a traducir ahora la tremenda sentencia de Mies que expusimos en esa entrada anterior:

La arquitectura empieza cuando se colocan dos ladrillos juntos con esmero.

¿Qué saldrá? Podéis comprobarlo con el traductor de google, que arroja esta joya:

La construcción comenzará a armar dos ladrillos cuidadosamente.

Señoría: No tengo más que decir.


Chapó por el traductor de marras. Me parece estupendo. Qué tío.

Pues bien: Os invito a pasar otras frases míticas del pensamiento humano por este proceso.
Si no tenéis piscina os puede consolar un poco.


(Si te ha resultado curioso este juego postmoderno de vaciamiento y recarga de significados podrías clicar el botón g+1 que aparece aquí debajo. Vamos, es una sugerencia. Muchas gracias).

jueves, 17 de julio de 2014

Es mero esmero.

Todos conocemos la famosa frase de Mies van der Rohe. Y si no la recordamos ya se encargan nuestros amigos del facebook y del twitter de recordárnosla todas las semanas con esos rótulos-lápida que están tan de moda:


Vale. "La arquitectura empieza...". Empieza. Pero no creo que eso sea todo. Eso es sólo empezar. A base de ladrillos colocados con mucho esmero he visto yo cada obrita kitsch que tira de espaldas.


Estos ladrillos otra cosa no tendrán, pero esmero tienen de sobra.
Por lo tanto, el esmero no parece ser condición suficiente de la arquitectura.
Desde luego, es una buena cosa. Es incluso entrañable y emocionante (y muy cursi) ver las cosas que es capaz de hacer el esmero.


Fachada de un local comercial. La bajante ha sido pintada para imitar la textura del chapado de piedra de la fachada, y está realmente muy bien. La línea negra imita la junta entre las piezas.
Es emocionante ver este tipo de cosas en un mundo en el que prolifera el descuido y la falta de cariño y de cuidado por todo.


Otra bajante inoportuna, esta vez en la jamba de una puerta. El adorno de la jamba no parece demasiado afortunado, pero ni siquiera la bajante de aluminio hizo desistir al diseñador ni le condujo a modificar su diseño. Nada: La idea era firme y nada se opondría a ella.


Otro magnífico ejemplo de esmero es este. El propietario de esta vivienda ha decidido pintar en el cerramiento de su casa un curioso simulacro de chapado, y no le han quitado la idea los diversos armarios de contadores, que ocupan un alto porcentaje de ese cerramiento. Otro gran ejemplo de voluntad inquebrantable.

sábado, 12 de julio de 2014

De extremo a extremo: Una arquitectura de bandazos

Entre los años 1989 y 1992 un equipo entusiasta de arquitectos, dirigido por Mario Muelas, rehabilitó el exconvento de San Pedro Mártir, en Toledo.
Es una rehabilitación ejemplar, que marcó un antes y un después en este tipo de obras en Toledo. Hasta esa fecha era impensable "contaminar" una rehabilitación con elementos lingüísticos de la arquitectura moderna, y la línea habitual era rehabilitar miméticamente, "rehabilitar sin que se notara".
Pero Mario Muelas y su equipo demostraron tener una especial sensibilidad para conservar lo que había de valioso y para construir los elementos nuevos sin disfrazarlos de antiguos ni camuflarlos ni esconderlos, y también sin agobiar ni minusvalorar lo antiguo, sino poniéndolo en valor y en fértil convivencia con lo moderno.
A mi juicio es lo más scarpiano que se ha hecho en Toledo. (Ahora hay varias intervenciones que podrían optar también a ese título, pero en su momento fue lo más, prácticamente lo único).

Fotografía del libro Arquitectura Contemporánea. Toledo 1995,
editado por la Delegación de Toledo del COACM

El convento de San Pedro Mártir, de época renacentista, fue una lenta obra de muchos arquitectos, que realizaron sucesivas ampliaciones, y que a su vez reutilizaron parcialmente y rehabilitaron algunas edificaciones medievales, derribaron otras y levantaron otras "modernas" (renacentistas) de nueva planta. Todo esto formaba un laberinto complejísimo, con numerosos edificios, cuerpos y alas a distintas cotas, con recorridos laberínticos y enlaces muy forzados entre ellos. Además, al pretender rascar un paño renacentista de yeso para limpiarlo, aparecía detrás uno árabe de azulejo, por ejemplo. En esos casos, ¿qué respetar?, ¿qué conservar?, ¿qué restaurar? Nunca se sabía dónde dejar de rascar, ante la cantidad de capas de palimpsestos que había. (Recordad: los textos escritos sobre otros textos anteriores en los códices medievales).
Además de todo esto, como ya hemos dicho, había la voluntad férrea (y a mi juicio acertadísima) de hacer los elementos nuevos con lenguajes y materiales actuales. Creo que es lo más respetuoso: Restaurar lo restaurable, mostrando su valor, pero sin enmascararlo entre nuevos elementos que lo imitan y se lo comen.
La convivencia entre mamposterías medievales, capiteles renacentistas, losas de hormigón y barandillas de acero es exquisita y respetuosísima.

Excepto las dos fotografías tomadas del libro que se indica, todas las demás
son mías, tomadas con el teléfono. Son muy malas, pero creo que son útiles
para dar testimonio de lo que aquí se cuenta.

La obra estuvo llena de problemas. Uno de ellos era que a un arquitecto tan exquisito nunca le valía lo que ya había en el mercado. Ninguno de los miles de cerrojos existentes le gustaba, y así tuvo que diseñar él las fallebas y las bisagras de los fraileros, la garrucha de un pozo, las rejas, los vierteaguas, etc. Una labor infinita... y un coste de obra que también tendía a infinito.
Estoy en contra de los despilfarros caprichosos, pero en este caso no los hay. Es una obra muy costosa, pero porque es muy valiosa, y merece el dinero que cuesta.
De la misma manera, también me opongo a los caprichos "porque sí" de los arquitectos, pero en este caso el arquitecto no es caprichoso. Se entrega a su obra, diseña cada picaporte porque tiene que ser así, y eso que tiene que ser no lo hay a mano. Veo a unos arquitectos obsesionados con su obra, sacrificados a ella, trabajando duramente por ella, y me parece ético y justo. No es el caso de los arquitectos caprichosos que sueltan una parida porque les da la gana, sin ton ni son.
Lo que sí quiero criticar, y con fuerza, es que finalmente esta fue una obra sin función y sin destino. La larguísima gestión se había hecho para hacer de este complejo de edificios el Gobierno Civil de Toledo. Pero durante la obra se acabaron los gobiernos civiles, y ésta siguió su camino, pero ya sin saber para qué.
Entonces se movió el presidente de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha y reclamó el complejo para la nueva Universidad de la región. Y acabó consiguiéndolo.
Las pasarelas concebidas para unos pocos empleados, o para las visitas protocolarias y diplomáticas, pasaron a ser usadas por cientos de alumnos para ir a sus aulas. No quiero decir que los alumnos no merezcan mármoles de travertino ni parquets de roble o de iroco, sino que el tráfico que han de soportar estos materiales es muy superior al previsto, y que el funcionamiento cotidiano es mucho más multitudinario y caótico que lo que se esperaba.
Entonces surge un fenómeno muy típico (pero no por típico menos desgraciado): Se pasa bruscamente de la mayor sublimidad a la mayor cutrez.

viernes, 4 de julio de 2014

El hombre de La Mancha

Una de las películas más absurdas que he visto en mi vida es El Sol del Membrillo: una especie de documental narrativo de Víctor Erice que trata de la imposible misión de pintar un cuadro por el pintor Antonio López.
La película no me gustó nada, pero trata de un tema que me parece emocionante. Por eso quiero hablar de ella.
El cineasta Víctor Erice me entusiasma. Sus películas El Espíritu de la Colmena y, sobre todo, El Sur (que sufrió una de las traiciones más canallas de la Historia del Cine, tal vez sólo comparable con la de El Cuarto Mandamiento -The Magnificent Ambersons-, de Orson Welles) son obras maestras, ricas, profundas, emocionantes.
Entiendo (quiero entender) que El Sol del Membrillo le interesó a Erice por lo que tenía de aventura llamada al fracaso, de sueño imposible.


Antonio López tiene un membrillero en el patio de su casa, y se propone pintarlo. Va a tardar bastante tiempo, como suele ser habitual en él, y por ello, para ser lo más preciso posible, marca en el suelo el emplazamiento exacto del caballete, para tener cada día el mismo punto de vista.
Empieza a manchar, a "hacer cama", y la cosa parece que va por buen camino. Pero en seguida se topa con cientos de callejones sin salida.
La luz cambia constantemente, se nubla, sale el sol, pasan las horas, cambian las sombras... Para colmo se tira lloviendo algunos días. Todos sabemos (sobre todo él) que jamás va a poder terminar el cuadro.
El tiempo mejora y el artista reanuda su trabajo. Va consiguiendo triunfos parciales, menores, pero surgen otros problemas, tan ínfimos como abismales: Los membrillos crecen, van engordando, pesan un poco más cada día y ese peso les hace descender unos milímetros.
Antonio López tiende hilos entre las ramas del árbol, para hacer una cuadrícula de encaje y referencia. Y marca los membrillos día a día (o semana a semana) para comprobar cuánto descienden y, por lo tanto, cuánto se le salen de su encaje. También marca las hojas, porque declinan.




El membrillero está vivo, y se ha propuesto cargarse el cuadro de Antonio López, quien, ciego por sus obsesiones, sigue y sigue trabajando, ante un modelo que, literalmente, no se deja pintar. No se está quieto y se le escapa.
No me gusta la película. No me gusta ese tipo de pintura. No me aporta nada y lo considero un esfuerzo inútil.
Pero, por otra parte, lo que cada día me gusta más y me produce mayor respeto son los esfuerzos inútiles.
Día a día, mientras pinta, charla con un amigo y expresa sus opiniones y convicciones, pero, sobre todo, sus obsesiones.
Un día van a verle unos japoneses. Son un chico y una chica jóvenes, que miran con atención la obra de Antonio, quien amablemente les explica. Me imagino (no sé por qué) que los japoneses son los únicos que pueden entender al artista, pero de repente la chica le hace la pregunta que yo llevo haciéndome durante toda la película: "¿Por qué no le saca una foto?"
Antonio López, pasmado, atónito, no atina a contestar: Es algo tan obvio y al mismo tiempo tan absurdo... Dice: "No, no. No puede ser..." La japonesa se conforma con esa explicación tautológica (No porque no), pero yo me lo sigo preguntando. ¿Por qué no le saca una foto?
Vale. Es como si la joven le hubiera preguntado: "¿Por qué no pinta usted a la pata coja y recitando La canción del pirata al revés?" Antonio López habría mirado exactamente igual a la muchacha. (Con paciencia, con educación, con la convicción de que estaba completamente loca).

miércoles, 25 de junio de 2014

La moto de Molezún

Dedicado a los tuiteros @dgllana, @ELBahut,
@Arq_VLC y @anquela88 por su ayuda.

He estado en la exposición sobre Fotografía y arquitectura moderna en España, 1925-1965 de la Fundación ICO de Madrid y he sentido un montón de sensaciones encontradas.
(Es que soy escritor, y los escritores decimos eso de "sensaciones encontradas", y más cosas).
Varias ideas confusas: Lo viejuna que se está quedando la arquitectura moderna, lo emocionantes que son estas obras tan pobres, lo heroico que fue concebirlas y construirlas, lo estupendas que son, lo que se contradicen muchas de ellas, la falsa imagen de país moderno que quieren proclamar patéticamente, etcétera.
Y, dentro de todo esto que, como de costumbre, me supera, me quedo con una maravilla entre tantas maravillas: Me quedo con la moto de Molezún.

Lambretta C125. Fabricada entre febrero de 1950 y noviembre de 1951. 87.500 unidades.
125 cc. Peso: 70 Kg. Velocidad máxima: 60-70 Km/h. Consumo: 2 l/100 Km.

El genial y disparatado arquitecto se montó en una Lambretta y se recorrió Europa. Hace falta valor.
Hoy todo eso es muy fácil. El mundo es muy pequeño y lo tenemos todo a mano. Pero entonces, pocos años después de haber terminado la Segunda Guerra Mundial, un súbdito de un país aislado, sometido a una dictadura filofascista (anterior aún a la visita de Eisenhower y a la consiguiente apertura timidísima al mundo), lo tenía realmente muy difícil para salir por ahí de paseo. (Pasaporte, visados, permisos, cartas de buena conducta y de recomendación, certificados de penales...). La cosa era verdaderamente chunga.
Para colmo, un arquitecto joven y prometedor no dejaba de ser un ciudadano ejemplar... si viajaba en avión, vestía adecuadamente y dormía en buenos hoteles. Eso era parte del status de arquitecto en aquella época.
Pero qué va. Ramón (no Don Ramón, que sería lo suyo) no sólo viajaba en su motocicleta, sino que la llevaba abarrotada de fardos, hatos, rollos de ropa, tienda de campaña, mochilas, cantimploras. No daba la imagen de un digno arquitecto español viajando por estudio.

Dinamarca. Fotografía de Ramón Vázquez Molezún.
(En todas sus fotos sale la moto, llena de cachivaches)

No nos hacemos idea de lo que era España por entonces. Un país cerrado, sin apenas libros ni revistas del extranjero, sin información, sin medios de comunicación. Un arquitecto que quisiera saber algo de lo que se estaba haciendo por el mundo tenía que salir y verlo con sus propios ojos. Pero mientras tanto por aquí estaban intentando inventar un "estilo español", algo muy ambiguo y muy kitsch, y que de alguna forma admitía una cierta modernidad en la arquitectura siempre que entroncara con una tradición de "lo español". ¿Dónde estaba esa tradición? ¿Cómo acuñarla?
Afortunadamente, la penuria hispana de posguerra había sido muy condescendiente con la falta de ornamento en la arquitectura y con una funcionalidad casi perentoria. Por ese lado no íbamos mal.
Pero por otra parte, ser arquitecto tenía mucho prestigio por aquella época, y si uno coqueteaba o transigía con el régimen tenía todas las papeletas para elegir una mullida poltrona sobre la que vegetar muy cómodamente.
Había que ser un tipo raro (y un culo de muy mal asiento) para complicarse la vida y buscarse incomodidades y líos.
La curiosidad de los más talentosos era, por eso mismo, irrefrenable. (Todos los grandes arquitectos de la época viajaron todo lo que pudieron). La oportunidad de construir mucho, de dar una nueva imagen a todo un país, llevaba aparejada la preocupación de cómo hacerlo, y el único aprendizaje consistía en viajar. Y si se viajaba muy despacio y con los ojos muy abiertos, mucho mejor.

La moto de Molezún por Europa.
Me ha pasado la foto mi compañero de twitter
Arquitecto cabreao, @Arq_VLC. 

La moto de Molezún sabía ya más que cualquier director general. La moto de Molezún respiraba arquitectura hasta por el dibujo de sus neumáticos y por su manillar.

La moto de Molezún en Soonkooging, Suecia,
detalle de la ilustración anterior, perteneciente a
"Los viajes des-velados de Ramón Vázquez Molezún",
de Marta García Alonso, que he conocido gracias a
David García-Asenjo Llana (@dgllana)

En las tiras de positivos de contacto de Molezún vemos las grandes obras clásicas europeas, pero también las medievales y, sobre todo, las modernas.
Y, por encima de todo, su moto. Su magnífica Lambretta C125 de 1950.
Si vemos el cuadro de la moto, su manillar, su asiento y su soporte para la rueda de repuesto no nos extraña nada que de ese mundo de maravillas elementales salieran los paraguas de Bruselas, y que el motero loco, de los hatos enrollados sobre su moto desenrollara tanta arquitectura y tanta sabiduría. Loor a Molezún. Loor a su moto.

Molezún y la Lambretta C125 en Roma.
(Gracias de nuevo a Arquitecto cabreao, @Arq_VLC)

Ilustración de Manuel Suárez Molezún para el artículo de Mogamo (Molezún-Gabino-Molezún)
"Viaje de Estudios a Dinamarca". Tomado del citado artículo de Marta García Alonso. 

Los viajes son siempre externos (al mundo) e internos (a uno mismo). Y en aquella época más. Por encima del conocimiento de la arquitectura, la moto de Molezún fue una fuente y una herramienta de conocimiento de sociedades, de países, de civilizaciones, de costumbres, de vida, de gente. Por eso, el arquitecto Molezún, y sobre todo la persona Molezún, lo fueron en gran parte por la Lambretta.

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